Los signos de envejecimiento comienzan a verse a partir de los 35 años. Lo primero en envejecer son la cara y las manos.
La musculatura facial realiza unos 15 mil movimientos que provocan la aparición de nuestras líneas de expresión. A esto hay que sumar que la expectativa de vida ha aumentado muy por encima de nuestra capacidad de prevención y cuidados.

Mientras la calidad y composición de la piel sean correctas, la capacidad de recuperación es alta. Pero el proceso de envejecimiento es imparable. La calidad de la piel disminuye, perdiendo su elasticidad y capacidad de regeneración. Las finas arrugas de expresión que desaparecían en actitud de relax, se van marcando, cada vez de forma más profunda. La pérdida de colágeno y elastina que aportaba turgencia a la piel, hace que ésta se vuelva flácida y más fina. Hay también una pérdida de calidad funcional. Ya no nos sirve cualquier cosmético y aparecen zonas más deshidratadas con descamación y manchas melánicas o vasculares.
Dejamos de pigmentarnos de forma uniforme apareciendo así las temidas manchas que no sólo son faciales.
El manto epicutáneo altera su composición y la piel aparece con falta de luminosidad.
Dependiendo del tipo de piel, aparecen zonas deshidratadas y los poros se vuelven más visibles.
Arrugas, flacidez, pigmentación y deshidratación, constituyen los signos de alerta más evidentes del envejecimiento facial.

